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El arte, como el juego del ajedrez, requiere entrega y apertura para acceder a él. Clara Laguillo, cautivada por la exposición Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias, aborda el paralelismo entre los retos de la práctica y la recepción artística y la infinita combinatoria del movimiento de las piezas de ajedrez.

Clara Laguillo forma parte del Grupo de Experiencia Estética e Investigación Artística de la Facultad de Filosofía de la UAB y está finalizando su tesis en la misma universidad en torno al arte de la performance y su relación con la temporalidad.

17_01_2017
White Chess Set (Play It By Trust), Yoko Ono, 1966. Foto: Clara Laguillo

El reto de pensar

Hay un lugar común que asocia el ajedrez con la inteligencia. Como si saber jugar bien al ajedrez legitimara el saber ser estratega en la vida. Hay quienes no sabemos jugar demasiado bien al ajedrez. Los veranos, en Mallorca, antes de bajar al mar o después de cenar, mayores y pequeños jugábamos a cartas, al dominó, a la petanca, a las damas chinas, al billar y un largo etcétera de actividades de ocio, y lo que peor se me daba era el ajedrez. Eso hacía que cada vez mostrase menos interés en jugar, y me desentrenaba progresivamente —quizá también para la vida.

¿Me hacía menos inteligente el no tener una estrategia fijada y no saber prever la de mis contrincantes? Seguramente sí, pero no por falta de capacidad intelectual, sino sobre todo porque aquello con lo que en realidad tenía que ver era con la pereza de pensar, la pereza de esforzarme a proyectar los movimientos que me permitirían llegar al jaque mate.

Pienso que esta misma pereza acompaña muchos de los juicios que se emiten sobre el arte contemporáneo. Tal vez otro lugar común es que el arte, por el hecho de no tener una finalidad concreta aparentemente y de estar asimilado a la contemplación durante el tiempo de ocio, tiene que ser llano y relajado, y, por lo tanto, debería interpelarnos con un lenguaje comprensivo y universal: el de la sensibilidad.

Pero lo cierto es que no siempre lo hace. De hecho, casi nunca lo hace de inmediato. El arte requiere nuestra atención y nuestro esfuerzo, como el ajedrez, del que podemos conocer sus normas básicas, pero, para gozar de él, a menudo es necesaria una experiencia —una formación—, una entrega y una apertura a los caminos infinitos que despliega.

Las razones del arte, tal como comenta Gerard Vilar en su publicación con título homónimo, son las sinrazones del mundo: la violencia, el dolor, el terror, la muerte o la injusticia, así como todo lo que es incomprensible y difícilmente traducible a un lenguaje proposicional, literal, como el amor, la belleza o la felicidad. Pero a pesar de que todos compartimos estas sinrazones, que son también motores para la práctica artística, el arte necesita de una obstinación y una voluntad de descifrar sus lenguajes, que a menudo resignifican desde las cuestiones más mundanas hasta los pensamientos más complejos.

La práctica artística es un reto sin límites de casuística, para los artistas, para el público y para los expertos que lo analizan y lo piensan, y lo es especialmente desde los años sesenta, cuando el foco de atención se desplazó desde el objeto artístico hacia el proceso de creación. Y cuando el fenómeno performativo entró en escena, reubicando al público y otorgándole un papel activo, empezó a incomodarlo, a hacerle patente que había que posicionarse, que había que pensar y actuar. De nuevo, el paralelismo está servido: para jugar al ajedrez hay que ser activo, y el final de la partida depende de la propia interacción con unos lenguajes no proposicionales.

La revolución se venía dando desde las vanguardias, y especialmente desde los primeros ready-mades de Duchamp, que resignificaban los objetos de la cotidianidad, provocaban al público y le pedían que pensase y cuestionase lo que tenía enfrente. No es casual, pues, que Duchamp, además de ser un artista fundamental para el desarrollo del arte contemporáneo, fuese un jugador profesional de ajedrez.

No elegí no aprender a jugar al ajedrez, me dio pereza practicarlo. Quizá vuelva a intentarlo, ahora que entiendo que los retos de la práctica artística y su recepción son parecidos a la infinita combinatoria de los movimientos de los peones, los caballos, las torres y los reyes. No será un terreno llano, sino una montaña. Y a la montaña, como en el ajedrez y en el arte, uno tiene que ir preparado y tiene que querer jugar y trepar.

yoko ono

Comentario a la imagen: Yoko Ono creó este concepto, el de un juego del ajedrez cuyas piezas son todas de color blanco, que homogeneiza el color de las piezas, y al que hay que jugar confiando en el contrincante. La propuesta artística es reproducible allí donde se quiera exponer, de modo que es una obra que tiene algo de conceptual, pero sobre todo una fisicidad punzante, a la vez que es performativa, porque invita a jugar.

 

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