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Fundació Joan Miró
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Reflexiones en torno al taller de ‘Amnèsia Col·lectiva’ (parte I)

Escrit el 15/09/14 per La Fundició

Taller Amnesia Colectiva

Olvidar la historia de los asentamientos informales en Barcelona, imaginar un devenir-barraca de la ciudad. Este aforismo podría concentrar de manera muy parcial y sesgada lo que, durante cuatro días, estuvimos discutiendo en el taller del Simposio Internacional Amnèsia Col·lectiva.

En verdad, durante esos cuatro días se produjo un debate mucho más extenso y profundo sobre las formas de conmemoración de un fenómeno tan esquivo a las trampas de la memoria, e incluso a las de la propia historiografía, como es la construcción de la ciudad informal.

Podríamos decir que la ciudad informal no es un hecho del pasado, un estadio anterior de la propia ciudad que en Barcelona habría finalizado aquel mes de diciembre de 1990 cuando el entonces alcalde Pascual Maragall derribó “la última barraca” en el Carmel; la ciudad informal vendría a ser más bien un bloque de lo urbano que se desplaza, repliega y aparece sobre el territorio en el devenir-barraca de lo urbano mismo. Así pues, si la ciudad informal no es parte del pasado, es siempre contemporánea; y su devenir anónimo se cuela por los intersticios de la otra ciudad, aquella cuya historia sí nos cuentan los libros de historia.

La ciudad también se construye desde sus relatos e imágenes ya que las representaciones de la ciudad normativizan unos modos específicos de habitarla. Barcelona ha sufrido en las últimas décadas un proceso intensivo de branding; resulta patente que la imagen de las barracas no cae dentro del marco que produce la marca Barcelona y que la historia de las barracas no se incluye en el relato que, sobre la propia ciudad, dicha marca ha puesto en circulación a escala global. Pero la historia “oficial” de la ciudad no sólo se proyecta hacia el exterior, sino también hacia sus propios habitantes, de modo que la omisión de las barracas en el discurso hegemónico sobre la ciudad, o más bien el continuo encuadre de otros lugares de la memoria, ha inducido a su olvido colectivo. Y esas operaciones sobre el régimen escópico que ordena el modo en que vemos la ciudad no son inocentes ni desinteresadas.

Los textos y los discursos oficiales sobre el barraquismo, aquellos que provienen de los estamentos e instituciones encargadas del gobierno de la ciudad o de sus aparatos técnicos subordinados, establecen una relación específica entre éste y el tiempo: el relato que dichos textos y discursos construyen sobre las barracas no habla del pasado, sólo habla del futuro, de un futuro en el que éstas ya no existen. La ciudad informal, desde ese punto de vista, se opone al progreso, constituye un indicio de su atraso respecto al sino de los tiempos: el barraquismo es descrito como un foco de «insalubridad» a «erradicar», aunque en pocas ocasiones se menciona cuales serían las causas de esta «lacra». En realidad las barracas no son el síntoma de ninguna patología urbana, si se nos permite la expresión, muy al contrario, lo informal es una parte consustancial de la propia ciudad: a lo largo de buena parte del siglo XX, el autoabastecimiento de vivienda y otros bienes y servicios básicos por parte de sectores de la población mayoritariamente trabajadores y migrantes ha hecho posible el crecimiento y la prosperidad de la otra ciudad, de la ciudad formal —en el caso específico de Montjuïc fueron los habitantes de sus barracas quienes, literalmente, construyeron el que fue, y es aún hoy, uno de sus emblemas urbanísticos—.

Como decíamos, la imagen “oficial” de las barracas fundamenta la historia de su erradicación ¡y viceversa! Por otro lado, el relato “economicista” nos presenta los asentamientos de barracas como cuencas de las que la ciudad extrae fuerza de trabajo barata. Podríamos decir que la primera narrativa muestra a los habitantes de las barracas como sujetos pasivos de una pobreza que parece impuesta por un destino fatal, y no por un orden social injusto, mientras que la segunda nos los presenta como el eslabón más débil de un régimen de explotación cuyas desigualdades, en última instancia, han dado a la ciudad su esplendor; desigualdades que, en cualquier caso, permanecen incuestionadas —motivo por el cual los barraquistas son reconocidos, paradójicamente como víctimas, y al mismo tiempo benefactores, de la ciudad—. Podríamos añadir infinidad de relatos a estos dos, pero de entre todos ellos nos interesan especialmente aquellos que no sólo reconocen a los habitantes de las barracas como víctimas, sino que también señalan sus formas singulares de sociabilidad y modos de hacer, las relaciones de apoyo mútuo, las formas de organización y resistencia. Porque, en última instancia, lo informal es un espacio potencial de resistencia en tanto que no está sujeto a las tecnologías de control que encontramos en el resto de la ciudad. Por descontado, no cabe idealizar la vida en las barracas ni la miseria, pero sí podemos reconocer ahí un espacio de subversión potencial del orden establecido. Desde los inicios de la organización obrera en las casas baratas de Can Tunis o Prat Vermell durante los años 30 —como nos explica Pere López Sánchez en su libro Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)— hasta nuestros días con la recuperación por parte de la PAH de edificios de vivienda vacíos en manos de entidades bancarias, pasando por las primeras acciones en el estado español del movimiento okupa a principios de los 80, la informalidad abre una serie de posibilidades que tal vez no puedan encontrarse en otras manifestaciones de lo urbano: quizás la cuestión capital en este punto sea cómo consolidar esta serie de prácticas instituyentes que operan de manera informal para que, más allá de gestionar la precariedad, nos permitan sostener una vida digna, una buena vida, en la ciudad.

 

 

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