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Fundació Joan Miró
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Reflexiones en torno al taller de ‘Amnèsia Col·lectiva’ (y parte II)

Escrit el 17/11/14 per La Fundició
Graffiti. Autor: Txinorri.

Graffiti. Autor: Txinorri.

Después de todo lo dicho en la primera parte de esta “crónica” ¿cómo afrontar el recuerdo —y el olvido— de las barracas?¿qué estética, qué formas podrían servir al propósito de recordar la ciudad informal?¿cómo sería un “monumento” a las barracas si tuviésemos en cuenta todo lo dicho durante las conversaciones y debates que sostuvimos en el taller de Amnèsia Col·lectiva?

Una de las ideas que aparecieron de forma clara y reiterada durante el taller fue la de entender el monumento como un disparador del diálogo, como un pre-texto de la conversación en torno a determinados acontecimientos del pasado. Una conversación que, se insistió, debía ser lo más abierta, plural y horizontal posible. Esta condición plantea retos considerables ya que el monumento, por definición, se erige con la voluntad de imponer, desde arriba, un discurso único que zanje y suture cualquier controversia sobre los hechos del pasado. Por otro lado sabemos que no existe una conversación perfectamente transparente y democrática puesto que el lenguaje siempre oculta alguna cosa, siempre hay en él un déficit de significado que está atravesado por intereses y pulsiones diversas.

De hecho, si tenemos en cuenta lo dicho anteriormente, podríamos ver nuestro hipotético monumento a las barracas —el monumento que perfilarían las condiciones y características definidas durante el taller de Amnèsia Col·lectiva— como un anti-monumento, en tanto que consideramos que la memoria no residiría en su forma o su materialidad, sino en la conversación que se suscitaría en torno a él y que se daría en innumerables y diversos contextos de enunciación a través de textos, imágenes o reproducciones: sesudos estudios de los historiadores, charlas informales a pie de calle o eruditas conferencias, a través del souvenir kitsch o la fotografía del turista. No obstante, deberíamos evitar caer en el relativismo: no todos los discursos en torno al monumento han de ser valorados igualmente, aunque sí debemos tener en cuenta que todo conocimiento es un conocimiento situado, así como fijar mecanismos que acrediten su valor de forma democrática y distribuida. En este sentido, durante el taller se planteó una paradoja: ¿Cómo podría el monumento recoger los discursos que omite el propio colectivo, contexto o comunidad que conmemora?

Si entendemos que el lenguaje nunca es unívoco, resulta fácil imaginar la conversación en torno al monumento como un discurso no cerrado, con múltiples centros y líneas de desarrollo que se entremezclarían y contaminarían mutuamente. Por el contrario, el modo en que tradicionalmente funciona el monumento se fundamenta en una impostura con la que se nos pretende hacer creer que sólo existe una única narración válida sobre los hechos del pasado. El monumento es, en este sentido, a través de esa ficción de univocidad, una manifestación cultural empleada por el poder para producir una episteme y unas formas de subjetividad hegemónicas. No obstante, como en realidad el monumento no es unívoco —ni puede llegar a serlo nunca— alberga en sí mismo la potencia de unos relatos otros del pasado.

En el fondo, aquí como siempre, subyace precisamente la cuestión del poder: ¿Quién ostenta el poder para fijar el relato sobre el pasado?¿De qué manera sirven los monumentos a este propósito? Durante el taller emergió en varias ocasiones la necesidad de construir desde abajo el relato en torno a nuestro hipotético monumento a las barracas. Pero ¿cómo recoger e incluir los relatos y la memoria de los subalternos?¿de los propios habitantes de las barracas? Parece claro que esto es imposible sin contar con su voz y sin tener en cuenta sus propias formas de conmemoración y su relación conflictiva con las formas hegemónicas; aunque esto no implica por nuestra parte una retirada como narradores, un dejar de contar la historia para no proyectar sobre el otro nuestras propias construcciones epistemológicas e ideológicas, nuestra manera de mirar y relatar el mundo. De otro modo, lo que nos parece pertinente es explicitar toda esa carga para hacerla entrar en una relación dialógica, agónica incluso, a través precisamente del propio monumento y su proceso de construcción, con aquello que también condiciona la mirada y el relato del otro. Lo erróneo sería actuar como si nuestra mirada fuese neutral y objetiva; ese es precisamente el modo en que actúa el poder respecto a la construcción del relato histórico y memorial.

En este sentido, durante el taller, se señalaron claramente tres formas del discurso memorial hegemónico que nuestro monumento a las barracas debía rehuir: la épica, el victimismo y la celebración. Vayamos por partes:

Como decíamos aquí en nuestro blog, a propósito del relato de las luchas vecinales en Bellvitge, la épica resulta siempre sospechosa. En primer lugar porque omite la intendencia y la retaguardia de la batalla, las redes de soporte que hacen posible el “triunfo” de los “grandes personajes históricos”; y en segundo lugar porque la épica siempre simplifica los hechos velando aquello que se pierde en la victoria.

Por su lado, el victimismo constituye una forma de sutura que borra las contradicciones de la historia —como señalara Enzo Traverso durante su intervención en el simposio internacional de Amnèsia Col·lectiva— que presenta a las víctimas como objetos inertes a merced de fuerzas incontrolables cuando, bien al contrario, las “víctimas” siempre presentan formas de resistencia y reapropiación de las prácticas y discursos del dominador, incluidas las prácticas y discursos monumentales y memoriales —gracias a que, como apuntábamos anteriormente, por su propia configuración es posible construir lecturas y experiencias no hegemónicas del monumento—. En relación a esto, durante el taller se expuso como una práctica monumental posible el añadir nuevas lecturas y usos a los monumentos ya existentes en lugar de crear nuevos.

Por último, los discursos celebratorios, al igual que la épica, escamotean la complejidad de los acontecimientos y las formaciones históricas; nos ofrecen una versión que omite las tensiones y las contradicciones que los atraviesan. En muchos casos se trata de una versión edulcorada y exenta de conflictos que persigue, de nuevo, la adhesión de subjetividades diversas a un discurso único, congregadas por el acto o el objeto memorial.

En el taller se apuntó claramente una estrategia para desbordar estas tres construcciones epistemológicas de las que el monumento al uso es pieza fundamental, así como sortear algunos de los peligros que hemos enumerado: El monumento o lugar de memoria debe ser un espacio vivo, habitado y activado en el presente y con un uso contemporáneo.

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