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«Dicen que Miró dedicaba las tardes a la poesía y la música, la noche a digerirlo todo y soñar y las mañanas, con la luz clara y en un silencio total, a trabajar en sus obras. Cada pincelada, como una nota que estalla en el blanco del cielo.»

Coincidiendo con la reciente publicación del libro Miró & Music, de Joan Punyet Miró (Ed. Alrevés, 2017), el poeta y agitador cultural Eduard Escoffet explora la estrecha vinculación que Joan Miró estableció con la música y con sus «espíritus homólogos» en otros campos creativos. En un recorrido sentimental que empieza con el cartel, obra de Miró, de la mítica actuación de John Cage y Merce Cunningham en Sitges en 1966 y viaja hasta las Noches de Música de la Fundació, Escoffet nos acerca al legado del artista, «un legado que es actitud, apertura y diálogo con el presente».

24_01_2018
Tornavoz del auditorio de la Fundación Joan Miró, 1975 © Successió Miró, 2018

Miró como tornavoz

Hace unos años, encontré en la librería El Astillero un póster que desconocía y que reunía unas coordenadas que tengo en alta estima: en julio de 1966, la compañía de Merce Cunningham actuó en Sitges acompañada de John Cage y David Tudor, bajo los auspicios del Club 49; el cartel era obra de Miró. Lo compré enseguida y, desde entonces, el cartel preside mi comedor. No hace tanto, en diciembre de 2016, en la exposición Escuchar con los ojos. Arte sonoro en España, 1961-2016, organizada por la Fundación March, en Madrid, pude leer las cartas que sirvieron para dar forma a dicha colaboración. Jacques Dupin, desde la galería Maeght de París (25 de noviembre de 1965), comunica a John Cage la alegría de Miró por el hecho de incluir España en la gira que están planeando para el año siguiente. También le confirma que el artista catalán hará una obra para anunciar las actuaciones de Barcelona y Saint-Paul-de-Vence que pone a su disposición. Unos días después (3 de diciembre de 1965), John Cage le responde diciendo que «Miró’s gift of a painting makes our plans to come to Europe next summer and fall absolutely feasible». En aquel momento, Miró era un artista muy reconocido y valorado económicamente, mientras que Cage y Cunningham, aunque respetados en los círculos más influyentes, no tenían los recursos económicos de artistas como Miró ni su reconocimiento popular; fue, de hecho, una idea del propio Miró, la de llevar a Cunningham y Cage a Cataluña y colaborar con ellos en todo lo posible. Así pues, aquel regalo hacía realmente que la gira fuese «feasible». Ahora, más de cincuenta años después, ese póster, además de confirmar una amistad «heart-warming», demuestra la capacidad de Miró de hallar espíritus homólogos en otros ámbitos y otros contextos (y de acercarlos a Cataluña). Y, personalmente, me conecta tres mundos que me definen: Miró, Cage y Cunningham.

Programa de mano del espectáculo “Merce Cunningham and Dance Company”, 1966. Papel impreso. Fundació Joan Miró, Barcelona © Successió Miró, 2018

Merce Cunningham, John Cage, Francis Miroglio y Joan Miró en las Nuits de la Fondation Maeght, Saint-Paul-de-Vence, 1966. Foto: Archives Fondation Maeght, Saint-Paul-de-Vence (Francia)

En tiempos más recientes, la Fundació Joan Miró ha proseguido este camino de vinculación con la música: porque no se trata solo de conservar unas obras, un patrimonio, sino también un legado que es actitud, apertura y diálogo con el presente. Durante muchos años, la Fundación organizó las Nits de Música, que, junto con la Semana de Música Experimental de Metrònom (bajo la batuta de la extraordinaria Barbara Held) y el G’s Club del Sidecar, fueron una academia donde aprendí gran parte de lo que ha determinado mis gustos musicales. Era una época, además, en la que resultaba muy difícil ver a músicos experimentales de la escena internacional. Durante unos días, para muchos era como estar en una ciudad normal y corriente: así aprendimos a borrar los límites y explorar la poesía, la música y las artes visuales como un continuo creativo. Experimentación, improvisación, jazz, electrónica, arte sonoro… En aquellas veladas en la Miró actuaron músicos que me han marcado enormemente, y estos son solo algunos de ellos: Agustí Fernández, Evan Parker, David Moss, Phil Minton, Hans-Joachim Roedelius, Embryo, Joan Saura, Cluster, Lê Quan Ninh, Carles Santos, Derek Bailey, Zeena Parkins, Chris Cutler, Macromassa, Iva Bittová, Hiroshi Kobayashi, Nuno Rebelo, Ràeo, Susie Ibarra, Josep Maria Balanyà, Fred Frith, Il Gran Teatro Amaro, Tim Hodgkinson, Xavier Maristany, Peter Brötzmann, Alfonso Vilallonga, Lol Coxhil, DJ Zero, Pascal Comelade. Uno de los pocos conciertos que he podido encontrar en internet de aquellas noches es precisamente de Comelade. Se trata del que dio en 1995 con algunos de sus legendarios compañeros musicales barceloneses: Gat, Mark Cunningham y Jakob Draminsky Højmark. Podéis verlo en Summa, el archivo en línea de Habitual Video Team. Creo que Joan Miró adoraría el «Cant dels ocells» que interpretan allí Comelade y su troupe. En todos los conciertos que he presenciado en el auditorio de la Miró se creaba un ambiente especial: una celebración fugaz que deja poco rastro en la ciudad y muchas huellas en cada uno. Este es el valor esencial de la música que siempre he querido conservar en mi trabajo creativo: el carácter efímero.

Concierto de Pascal Comelade con Gat, Mark Cunningham y Jakob Draminski Højmark dentro de la programación de las Nits de Música. 27 de julio de 1995. Foto: Pere Pratdesaba. Fundació Joan Miró, Barcelona

Concierto de Embryo dentro de la programación de las Nits de Música. 2 de septiembre de 1999. Foto: Pere Pratdesaba. Fundació Joan Miró, Barcelona

Dicen que Miró dedicaba las tardes a la poesía y la música, la noche a digerirlo todo y soñar y las mañanas, con la luz clara y en un silencio total, a trabajar en sus obras. Cada pincelada, como una nota que estalla en el blanco del cielo. Era su manera de bailar, quiero entender. Un baile muy distinto al de Pollock, que reaccionaba espontáneamente al jazz que escuchaba a todo volumen: un baile más bien cerebral y reposado, en el que tenían más que ver el blanco, el silencio y la inmovilidad. Hace unos años, Tres, el artista del silencio y buen amigo, comisarió una temporada en el Espai 13 bajo el título Silencio explícito (2009-2010), seguida de una segunda temporada (Sonido implícito, 2010-2011). Siempre he querido imaginarme una conversación entre estos dos artistas, y más aún: un concierto para apagar de los que hacía Tres en la Fundación con Joan como único espectador: todo el silencio del mundo para bailar. A mí, para bailar, me gusta perderme en los paisajes y las constelaciones de Miró, aferrarme a un punto como si fuera una nota de Steve Reich.

Concierto de la formación Slow (Agustí Fernández, David Mengual, David Xirgu i Dani Domínguez) dentro de la programación de las Nits de Música. 28 de julio de 2005. Foto: Pere Pratdesaba. Fundació Joan Miró, Barcelona

Al término de su vida, Miró vació las telas y las quemó ―tal como Jimi Hendrix quemaba la guitarra―, las pisó: el tornavoz del auditorio, realizado un mes antes de la inauguración de la Fundació, en 1975, deja a los espectadores bajo la contención de las huellas de sus pies. La placa de conglomerado que actúa de soporte se colocó en el suelo y, con tal solo un par de jornadas ―intensas―, caminó por ella, como quien atraviesa un campo en pos de un sonido lejano. Sin embargo, visto de lejos, distraídamente, siempre me ha parecido un balancín, así como el póster de Sitges, de 1966, siempre me ha parecido un conejo. Como si mi pensamiento buscara el cobijo de la masía de Mont-roig del Camp, ni más ni menos.

Traducción: la correccional (serveis textuals)

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