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En este artículo, Dolors Bramon, historiadora i doctora en Filología Semítica, dedica una mirada histórica al conflicto —la mal denominada convivencia— entre las diferentes culturas del Estado español. La autora se cuestiona la honestidad del sentido de multiculturalidad y reclama la necesidad de reparar agravios históricos. Como en la obra de Kader Attia, para Dolors Bramon las cicatrices son un clamor contra el olvido.

19_09_2018
Kader Attia. Repaired Broken Mirror #9, 2015. Espejo y alambre. Colección Robert Müller-Brunotte, Dan Söderholm, Estocolmo/Berlín. Foto: Pere Pratdesaba © © Kader Attia, VEGAP, 2018

Cicatrices y reparaciones

En un mundo que nos creemos tan globalizado y multicultural conviene ya que alguien recuerde las cicatrices que arrastramos. Multiculturalidad no significa que todo el mundo acepte la pluralidad de culturas y es obvio que en la vida de Kader Attia  hay unas cuantas. El norte de África y Europa, tan vecinos y tan cercanos, han tenido encontronazos históricos que han dejado cicatrices todavía no reparadas.

Kader Attia. Humiliation, 2018. Escultura mural in situ. Cortesía del artista. Foto: Pere Pratdesaba © Kader Attia, VEGAP, 2018

Bajo el nombre de «La España de las Tres Culturas» se nos ha vendido una fábula que se desmorona si recordamos un poco nuestro pasado. ¡Judíos, cristianos y musulmanes conviviendo en armonía! El historiador Américo Castro[1] inició la polémica sobre cómo se desarrollaron las trayectorias vitales de los miembros de estos tres grupos religiosos y culturales en la época medieval: ¿hubo convivencia, coexistencia o conveniencia?

Las pretendidas buenas relaciones sugeridas por Castro fueron criticadas por David Romano,[2] que propuso sustituir el término convivencia por el de coexistencia, y ahora ya está fuera de duda, según Brian Catlos,[3] que lo que funcionó en nuestro mundo medieval fue:

la dinámica de utilidad […] tanto desde el punto de vista dominante como desde los grupos dominados. Tal como sucedió en otras situaciones análogas en Europa e incluso en el mundo moderno, la relación estaba basada sobre todo en la percepción de utilidad de unos grupos hacia los otros y no fue nada más, ni nada menos, que un caso de conveniencia.

Kader Attia. Untitled, 2018. Cortesía del artista. Foto: Pere Pratdesaba © Kader Attia, VEGAP, 2018

También está muy bien que se hable de reparación, pero lo cierto es que el mundo moderno todavía no la ha concluido. Es sabido que los judíos hispánicos fueron expulsados en 1492 y buena parte fueron acogidos en el norte de África, es decir, en tierras islámicas. Más adelante, un real decreto del 20 de diciembre de 1924, sancionado por el Directorio militar de Primo de Rivera, proponía que podían obtener la nacionalidad española:

antiguos protegidos [sic] españoles o descendientes de éstos, y en general individuos pertenecientes a familias de origen español que en alguna ocasión han sido inscritas en Registros españoles, y estos elementos hispanos, con sentimientos arraigados de amor a España, por desconocimiento de la ley y por otras causas ajenas a su voluntad de ser españoles, no han logrado obtener nuestra nacionalidad.

En realidad, el decreto iba destinado a los descendientes de judíos que pudiesen acreditarlo, es decir, a los sefardíes. Si bien solo se aprovecharon de ello unos 3.000, fue este marco jurídico el que durante la Segunda Guerra Mundial permitió a algunas legaciones diplomáticas españolas proteger a judíos de origen sefardí y salvar a varios miles del Holocausto. Destacó el médico y senador Ángel Pulido, que inició una importante labor en defensa del colectivo sefardí, apoyado también por intelectuales como Pérez Galdós, Unamuno o Menéndez Pelayo.

Pero ¿qué ha sido del remanente de los musulmanes hispanos?

Kader Attia. Intifada: The Endless Rhizomes of Revolution, 2016. Instalación. Esculturas metálicas, goma, piedras, periódicos, fotocopias. Cortesía del artista, Galerie Krinzinger y Galerie Nagel Draxler Berlin/Cologne. Foto: Pere Pratdesaba © Kader Attia, VEGAP, 2018

En 2006, el presidente de la Junta Islámica —de ámbito estatal—, con el apoyo de Izquierda Unida y del Partido Andalucista, pidió al Parlamento andaluz que instara al Estado español a conceder la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos, es decir, de los musulmanes hispánicos que habían sido bautizados a la fuerza en la primera mitad del siglo xvi y que también sufrieron destierro entre 1609 y 1614. Los había, y los hay, viviendo en distintos países norteafricanos, como Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Mauritania y Mali, y en antiguas tierras otomanas, como Salónica o Estambul. Hay familias magrebíes que guardan el recuerdo de su pasado, y no hay más que ver, por ejemplo, la plaza mayor de Tozeur, en Túnez, donde los edificios de ladrillo visto y un inusual reloj en el minarete de la mezquita son una clara réplica de la plaza de cualquier pueblo aragonés.

Con dicha iniciativa se pretendía reparar el olvido histórico sufrido por los moriscos, recordando que se los debía equiparar con los judíos. La medida podría haber prosperado modificando el artículo del Código Civil en que ya se reconoce el derecho preferente a los sefardíes, ampliándolo a los descendientes de los moriscos, también hispanos.

Las cicatrices no se borran sin una reparación igualitaria.

Traducción: Bernat Pujadas

[1] España en su historia. Cristianos, moros y judíos. Barcelona: Grijalbo, 1948.

[2] «Coesistenza/convivenza tra ebrei e cristiani ispanici». Sefarad (Madrid-Granada), 1995, n.º 55, p. 359-382.

[3] «Cristians, musulmans i jueus a la corona d’Aragó. Un cas de conveniència». L’Avenç (Barcelona), 2001, n.º 263, p. 8-16.

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