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Estos días, en la Fundació Joan Miró crece un jardín diferente, un jardín pensado por el artista Pep Vidal para que las abejas y los insectos polinizadores tengan su espacio, sin límites ni condiciones. A raíz de este proyecto, Vicky Benítez, graduada en Bellas Artes y jardinera de profesión, nos ofrece una mirada nostálgica a un mundo perdido, desnaturalizado, en el que impera el artificio de los jardines organizados sobre todo según criterios estéticos. Vicky Benítez reclama el cuidado del jardín con la atención consciente de quien cuida no el cuerpo sino el alma y reivindica los huertos urbanos como espacios de cohesión social donde la naturaleza (humana y no humana) pueda crecer y desarrollarse con libertad.

Este artículo y la instalación Mil flores de Pep Vidal se enmarcan en el proyecto Beehave, que se podrá seguir en la Fundació y en algunos puntos de Barcelona a partir de febrero de 2018.

23_10_2017
Fotografías de © Vicky Benítez

El jardín no existe, es una ilusión

Estudié jardinería en 2001 en el Instituto Rubió i Tudurí y me he dedicado a ello desde entonces. Una de las cosas que he aprendido de la jardinería es que no sé nada. Que todo lo que tengo por cierto es cuestionable.

Admiro a las personas que hablan con pasión, pero me gustan más aquellas que dudan, las que entienden que, en las múltiples capas que componen los conocimientos, lo que desconocemos nos hace imposible comprender cómo es realmente el funcionamiento de la vida.

Poema Walt Whitman. Musgo sobre papel

El jardín pretende domesticar la naturaleza, lo cual no es posible, por tanto, el jardín no puede existir. Es imposible en la medida en que destinamos un gran esfuerzo en mantener ordenado un sistema que desconocemos en su funcionamiento más profundo. Si vemos a las plantas como seres inanimados, nos equivocamos, son seres sintientes, que se comunican y reaccionan en niveles que hoy en día empezamos a descubrir, como nos muestra Stefano Mancuso en este vídeo. Llevamos años, siglos, investigando, observando, clasificando, ordenando las plantas y ahora empezamos a darnos cuenta de que nuestro sistema de creencias es erróneo.

En la ciudad escogemos las especies vegetales según su tamaño, color, floración o capacidad de producir alérgenos que afecten a las personas, y tenemos la falsa impresión de que los árboles elegidos van a mantenerse conforme a nuestras expectativas, los calzamos en un agujero de un metro cúbico de tamaño para que crezcan (con suerte) rodeados de hormigón, y les pedimos que no ensucien con sus hojas, frutos o flores. Y como no obedecen, los mutilamos. Y como enferman, debido a las heridas de las mutilaciones que les hemos infligido, los tratamos con químicos. Y como también nos molestan las hierbas que aparecen en su alcorque, envenenamos los suelos con glifosato.

Dibujo Mala hierba

Hemos hecho desaparecer el otoño, y no me refiero únicamente al cambio climático, sino a la tozudez humana por querer ordenar y limpiar lo natural. No hace tanto tiempo, cuando volvíamos del colegio una manta de hojas en el suelo nos anunciaba la llegada del otoño, saltábamos sobre ellas, las recogíamos para hacer murales en el colegio. Ya no hay mantos de hojas, alguien decidió que eran suciedad, y el resto lo asumimos así, podamos los árboles para que no tiren sus sucias hojas en nuestras limpias calles. El otoño ha desaparecido.

Hay jardines que son como cuadros del Ikea, hechos en serie, de diseño sobrio y austero. Todos iguales. Son así porque se aplica la fórmula, la lista: plantas mediterráneas que son de aquí y necesitan poca agua; algún árbol, pequeño, que no ensucie; cemento, y elementos de mobiliario urbano de diseño imposible en sus formas, para que nadie pase demasiado tiempo, para que no se socialice, para que no vaya a ser que el espacio público sea útil y público. Jardines que producen el desasosiego del déjà vu. Son un no lugar.

Plaza de Selva del Camp. Tarragona

¿En qué momento perdimos la conexión con la naturaleza? ¿En qué momento nos dejamos de ver como parte de ella? Quizá una vez tuvimos esa comunicación, quizá el camino es recuperarla, entender cada ser vivo como un individuo con necesidades específicas, no aplicar formulas aprendidas, no aplicar listas. Hemos tendido a simplificar el conocimiento, a aplicarlo en listados de elementos que no tienen una mirada global sobre las circunstancias específicas del entorno. Todo nuestro conocimiento se cimienta en lo que nos han contado, en lo que hemos experimentado, en lo que nos han dicho que debe ser. En el fondo todos sabemos que lo que es podría ser de otra forma, es decir, nuestra percepción, nuestro conocimiento y nuestra experiencia son el fruto de múltiples circunstancias y solo con cambiar una de las variables cambiarían el resultado. Si fuésemos capaces de destruir nuestro sistema de creencias, atomizarlo hasta que no quedasen ni las partículas más pequeñas. Mirar la vida con ojos nuevos. Somos irrelevantes en el tiempo, las plantas nos lo demuestran. Cuando hayamos desaparecido, ellas seguirán existiendo.

Hay jardines, de esos que algunos paisajistas malintencionados calificarían de kitsch, recargados, que no siguen listas, donde encontramos aquellas plantas malditas, calificadas como exóticas e invasoras, de las que se expanden, se desbordan. Buscan la utilidad de ser espacios desordenados, naturales, caóticos. Entienden que el jardín no existe, que es ilusión, y se alimentan de esa ilusión para ser.

Un ejemplo es el jardín de la Bona Estrella, de Antonio, en Bonastre, un jardín secreto, no accesible, perdido en la montaña, un jardín para la contemplación, no para el deleite de la belleza, sino del pensamiento. Una suerte de colección de cactáceas que inició hace quince años y a la cual dedica de once a dieciséis horas diarias. Para Antonio la jardinería es una forma de estar presente, de centrar el pensamiento, de fluir en el tiempo. Él es el arquetipo de lo que consideramos un jardinero desde un punto de vista romántico, hombre sabio (cosas del heteropatriarcado, que siempre se mete en nuestro imaginario) a fuerza de estar solo y meditar. Antonio lleva a cabo una construcción asombrosa e irreal, extensísima, de casi tres hectáreas, miles de horas dedicadas a un proyecto descomunal. Antonio es la excepción. La aceleración del tiempo y el sistema de producción han llegado a la jardinería para fastidiar el mito. Sí, y también para abolir la idea del género ligada al trabajo. Este jardín solo es posible porque se hace fuera de un sistema de trabajo retribuido.

Jardín de la Bona Estrella. Bonastre

Hay jardines/huertas urbanas útiles, no tanto para proveer de alimento a sus miembros, sino para ejercer de tejido cohesionador en la ciudad, cada vez más anónima e individualista, espacios para que lo público se entreteja con la naturaleza. Lugares que luchan contra la gentrificación, que se construyen desde las voluntades de hacer mejor el barrio, espacios de apertura tanto en el trabajo cooperativo como en el diálogo en la búsqueda del bien común.

Huerta La Vanguardia. El Poblenou

Hay un jardín en construcción, o quizá debiera decir en crecimiento, el de Pep Vidal, un jardín hecho para las abejas, en el cual ellas decidirán alimentarse del polen de las mil plantas (mil taxones diferentes) que allí germinarán, donde ellas quieran y cuando ellas quieran. Donde se pone de manifiesto que el jardinero pone y la naturaleza dispone. Me alegra saber que habrá hierbas y que nadie pensará de ellas que son malas. ¿Cómo va a tener maldad una hierba?

Es precioso pensar en un jardín hecho para alimentar a las abejas en una ciudad donde su normativa no permite la apicultura urbana, un jardín hecho de la ilusión del que sabe que la naturaleza no se deja controlar. Las abejas vivirán en Barcelona o donde ellas quieran. ¡Qué soberbio pensar lo contrario!

Siembra del proyecto Mil flores de Pep Vidal en la Fundació Joan Miró, con la colaboración del Instituto Rubió i Tudurí

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