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En 1918, Joan Miró pintó un retrato de su amigo Heribert Casany. Berta Jardí rescata del olvido al personaje de Heribert en su novela L’home del barret (Univers, 2019) y desvela la historia que se esconde tras del cuadro.

Para el blog de la Fundación, la autora nos descubre el periplo extraordinario que hizo el cuadro, desde que lo pintó Miró hasta exponerse en el Kimbell Art Museum de Fort Worth (Texas). El viaje de la obra, rodeado de caballos y automóviles, está misteriosamente conectado con la vida del personaje retratado.

23_10_2019
Retrato de Heribert Casany. Joan Miró, 1918 © Successió Miró, 2019

Caballos y automóviles

En 1918, Joan Miró retrata a su amigo Heribert Casany sentado en un silla de enea azul y contra un fondo plano de color amarillo girasol en el que pinta un pequeño cuadro con un automóvil. Hace posar a Casany con un bombín como los que llevaban muchos chóferes de aquella época. La obra, propiedad del Kimbell Art Museum de Fort Worth (Texas), está catalogada actualmente como Portrait of Heriberto Casany, pero antes había sido conocida como El hombre del sombrero o El chófer.

El coche y el sombrero de chófer son una alusión del pintor a la empresa familiar de los Casany. Francisco Casany, el padre de Heribert, era el propietario de la Compañía General de Coches y Automóviles, el negocio de alquiler de carruajes de caballos y automóbiles más importante de la Barcelona de principios del siglo xx.

Carruaje de la compañía Casany

Picadero Americano, escuela de equitación de la familia Casany

Miró se siente atraído por la imagen del automóvil. Se imagina que en el futuro las pinturas serán de calles «con grandes casas, con ruidos de bocinas […], con gente que corre alborotada y con tranvías y metropolitanos», dice en una carta de aquella época a su amigo Ràfols. A Heribert los coches le debían de dejar frío, porque en aquel entonces ya se había desentendido totalmente del negocio familiar de los carruajes. Vivía para el arte. Quería ser ceramista.

El hombre del sombrero se expuso en 1918 en Barcelona y dos años después viajaba hacia París. La tela formaba parte de una exposición, la primera de Joan Miró en el extranjero, que se presentaría en la Galerie La Licorne, una sala próxima a los Campos Elíseos. No volvemos a tener noticias del cuadro hasta 1928, cuando viaja a Bruselas junto con otras obras del pintor para exhibirse en la Galerie Le Centaure, una galería donde René Magritte había expuesto sus primeros cuadros unos años antes.

Magritte, coetáneo de Casany y de Miró, pintó muchos hombres con bombín, decenas de hombres con bombín y abrigo negro, todos ellos idénticos y estáticos como maniquíes. Personajes solitarios o acompañados de lunas, pipas, velas o paraguas. La reiteración de determinados temas es algo muy común en la obra de Magritte; los yóqueys son uno de estos temas recurrentes. A mediados de los años sesenta, el pintor abordó un tema enigmático, como la mayoría de sus obras, en un cuadro en el que aparece un automóvil de principios de siglo conducido por un chófer y que transporta en el asiento trasero a un señor con bombín. Sobre el techo del vehículo avanza en paralelo un yóquey montado en un caballo. Precisamente refiriéndose a esta tela, el artista explica en una carta a un amigo suyo que cuando la pintaba se había imaginado un automóvil con un volante hecho con tocino.

Pero, aparte de esta anécdota, de interpretación aún más enigmática, y de bombines, yóqueys y automóviles, Magritte también pintó a René Gaffé, el coleccionista belga que compró el retrato de Heribert Casany. A Gaffé lo pinta ante un paisaje irreal y plano de color azul mar donde sobresale una roca. Pulcrísimo, elegante como un hombre de negocios de la City de Londres, repeinado y con unas gafas redondas de fina montura metálica, Gaffé parece impregnado del frío azul de la tela.

Retrato de René Gaffé. René Magritte, 1942 © Adagp, Paris, 2019

Unos años después de adquirir el retrato de Casany, René Gaffé se lo vendió al galerista Pierre Matisse, hijo del pintor Henri Matisse. En diciembre de 1937, Matisse exhibió la tela en una exposición dedicada a Miró que organizó en su galería de Manhattan.

Y el cuadro siguió rodando. Dos años más tarde lo compraba el rey de la industria del automóvil, Walter P. Chrysler, que lo conservó hasta 1950. La tela volvió a cambiar de manos aún dos veces más, hasta que finalmente, en 1984 —pocos meses después de la muerte de Miró— fue adquirida por la fundación del Kimbell Art Museum de Fort Worth, donde se exhibe actualmente.

La broma que Miró había comenzado pintando un automóvil en el retrato del hijo del dueño de la Compañía General de Coches y Automóviles —el chico que no quería saber nada de caballos ni de coches— el azar se encargó de continuarla hasta su muerte. Primero, que las dos galerías europeas donde se exhibió el retrato tuvieran nombre de criatura fantástica con esencia de caballo, el unicornio y el centauro. Más adelante, que Magritte, el autor del enigmático cuadro del yóquey galopando sobre el coche, pintase el retrato del coleccionista que compró el retrato de Heribert Casany. Después, que el cuadro fuese a parar a manos de un fabricante de coches. Y, finalmente, que el retrato acabara en un museo de Fort Worth, una ciudad famosa internacionalmente por sus rodeos.

Caballos y automóviles persiguieron a Heribert toda su vida.

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