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Como los campos de fuerza que mantienen unidas las partículas en los átomos, las conexiones aparentemente alejadas entre narrativas e individuos se convierten, a veces, en reflexiones afines. Es el caso del encuentro fortuito entre el aislamiento, tema principal del ciclo del Espai 13 La posibilidad de una isla, y el hilo de pensamiento que Agustín Fernández Mallo teje sutilmente en este nuevo artículo para el blog.

Agustín Fernández Mallo, físico y escritor afincado en Palma y autor, entre otras obras, de la trilogía Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab, forma parte del panorama actual de la literatura y del arte contemporáneo. Su última novela es Trilogía de la guerra.

Fotograma de «La Odisea», de Bárbara Sánchez Barroso © Cortesía de la artista

La (im)posibilidad de una isla

La posibilidad de una isla, magnífico y sugerente título porque al instante nos obliga a preguntarnos por la pertinencia de su opuesto: la imposibilidad de una isla.

Archipiélago (definición): «Conjunto de islas unidas por aquello que las separa». En efecto, imaginar una isla induce inmediatamente a su imposibilidad como territorio aislado, a pensar en todas las cosas que compuestas por archipiélagos nos rodean: las redes de objetos y sus socioeconómicos enlaces, los campos de fuerzas que mantienen unidas las partículas en los átomos, la mirada cómplice que opera de enlace entre individuos en un bar cuando el volumen de la música les impide articular palabra, y también nos lleva a pensar en la memoria, porque la memoria es un mar, la memoria es enlace. Incluso el asceta establece conexiones con una imaginada humanidad a fin de no naufragar en la aislada materialidad de su cuerpo. No podemos pensar objetos ni sujetos absolutamente separados. Existen fragmentos de mundo, sí, pero ello no indica que estén absolutamente escindidos, porque algo completamente fragmentado ni tan siquiera podrá ser asimilado por una conciencia.

En la cosmovisión contemporánea, la imposibilidad de una isla se traduce en la presencia de redes. Hasta no hace mucho tiempo no sabíamos que las redes son la estructura profunda —o al menos una de las estructuras básicas— de lo que damos en llamar realidad. Los clásicos imaginaban la hormiga unida directamente al Creador; hoy, a través de una red trófica, la sabemos unida a los elefantes. Los no tan antiguos pensaban que el cerebro se componía de zonas que tenían su espejo fuera, en la naturaleza, y que apenas interactuaban con ella; desde que Ramón y Cajal dibujó para nosotros un primitivo y valiosísimo mapa del cerebro, sabemos que la actividad cerebral son neuronas unidas por una red que no cesa de hablar con su exterior, y, para colmo, que se trata del mismo tipo de red —la misma topología matemática— que otras muchas redes, como por ejemplo Internet. También sabemos que las relaciones personales entre individuos en una sociedad moderna —es decir, no tribal— se ordenan espontáneamente no en una estructura de lineales eslabones de cadena sino en una fusión de redes sociales —ya sean redes físicas o internautas—, o que el intercambio de flujos de mercancías en los mercados, tanto en los mundiales como en los locales, guarda la misma topología reticular que la ya citada red de alimentos que une a la hormiga con el elefante.

No obstante, el aislamiento ha tenido y tiene predicamento y prestigio, sobre todo a través de figuras heroicas, mitologías construidas por sociedades que en un determinado momento histórico necesitan dar una explicación a aquello que no termina de entenderse. Así ocurre en los dos grandes mitos fundadores de la idea del viaje en Occidente: Ulises en la tradición helénica y Moisés en la judeocristiana. Por poco que se piense, las grandes revoluciones sociales se han construido en torno a personas-isla que, supuestamente incomprendidas, se han replegado en sus propios pensamientos o acciones para emerger como verdaderos mártires, irradiaciones que son relato, es decir, conjugan el nudo nunca aislado que mezcla realidad y ficción: el juicio y condena a muerte de Sócrates —esa extrañísima isla meramente verbal de la historia del pensamiento— funda la filosofía helénica; el juicio y crucifixión de Jesús da lugar al cristianismo; la condena a Galileo generará la ciencia moderna; el autosacrificio y locura hasta su muerte de Nietzsche será inspiración, casi cien años más tarde, del pensamiento posmodernista; el radical aislamiento de David Thoreau y su delirante relación con la naturaleza alumbrará una nueva cosmovisión del entorno no humano; Ludwig Wittgenstein, con la cabaña que en 1914 construye en un aislado fiordo de Noruega —donde sumido en violentas depresiones se retiraba a filosofar—, fundará toda una onda expansiva, aún hoy mítica entre los filósofos, a la que podemos llamar «cabañas para pensar», o las muertes de Juana de Arco y Marie Curie, ambas en el ejercicio de sus pasiones y profesiones, que ayudarán al establecimiento de cierta conciencia feminista cuyo eco llega hasta hoy encarnado en multitud de anónimas defensoras de la igualdad de derechos civiles —pensemos en la joven Malala Yousafzai, víctima de atentado de bala por defender la oportunidad legal de las niñas pakistaníes a ser escolarizadas. Todos ellos y ellas son islas, pero serían estériles sin sus correspondientes archipiélagos. De ahí que el mito de la isla resuene en varias y opuestas direcciones; como condena (campo de aislamiento, Robinson Crusoe) o como dadivosa tierra (edénico jardín, La isla del tesoro).

Isaac Newton supo explicar el modo en que la Tierra y la Luna y las manzanas y todo lo que tiene masa se atrae entre sí, y a esa atracción la llamó gravedad, pero no supo decirnos qué era exactamente la gravedad, de qué estaba hecha esa «cosa» que media entre las cosas. Para Newton los cuerpos individuales eran islas que se comunicaban a distancia del mismo modo que un mago mueve vasos con la mirada. Solo muchos siglos más tarde alumbraríamos el contemporáneo concepto de campo de fuerzas, esa cosa nada mágica que, como el agua de mar en un archipiélago, une y conecta la Tierra con la Luna y con todos los cuerpos con masa. Desde entonces, el mundo ya no es una sucesión de objetos individuales. La ciencia básica responde así hoy a la imagen de una realidad que, aunque atomizada, funciona gracias al continuo viaje e intercambio entre sus diferentes individualidades. Pensemos en una playa, verano, multitud de cuerpos tumbados al sol dibujan una red muy extraña, parecen una «asociación sin interacción», cuerpos desconocidos que, sin mediar palabra ni convocatoria, se reúnen en un muy determinado lugar para no interactuar, y sin embargo no hay aislamiento, se hallan unidos por un mismo calor que bajo sus cuerpos es propagado a través del manto de arena.

Hemos hablado de las redes sociales —físicas o internautas—, pero la red social más grande que jamás ha existido y existirá es la que nos une a los vivos con los muertos. He ahí la más radical refutación de la posibilidad de una isla. Formamos un archipiélago, mitad fantasmático y mitad carnal, en el que los muertos nunca están totalmente muertos pero tampoco los vivos estamos vivos del todo. Se trata de la imposibilidad de vivir sin memoria, sin la memoria que constantemente nos comunican los muertos. La superioridad de la memoria sobre la historia es que aquella solo puede darse en primera persona, pero esta primera persona nunca viaja sola, todo ese archipiélago de muertos camina con ella sin otra intención que avivarla, hacerla presente y darle una continuidad hacia el futuro.

Original del autor en castellano
Edición: Bernat Pujadas

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