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Mont-roig es un pequeño pueblo ubicado en el Campo de Tarragona que resulta decisivo para la trayectoria artística y vital de Joan Miró. En este texto, Elena Escolar, conservadora de la Fundación, describe a cámara lenta Mont-roig, la iglesia y el pueblo, una obra pintada en 1919 y presentada en la sección especial de arte catalán del XIII Salon d’Automne, en París, en otoño de 1920, pronto hará cien años. La asimilación y comprensión del paisaje y de la tierra de Mont-roig es fundamental para entender el universo intangible de Joan Miró.

19_02_2020

Mont-roig, la comprensión del paisaje

Barcelona, París y Mont-roig son paisajes ineludibles para penetrar en la obra de Joan Miró. En Barcelona, su ciudad natal, el artista entra en contacto con las Galeries Dalmau, centro de difusión de la vanguardia europea, y es en la capital catalana donde se organiza su primera exposición individual, en invierno de 1918. Poco después, en 1920, Miró logra ir a París, y en 1921 se establece allí de forma definitiva. Tanto Barcelona como París le abren los horizontes intelectuales y artísticos hacia las vanguardias; entra en contacto con artistas, poetas, marchantes, frecuenta cafés, museos, librerías, talleres de artistas, coleccionistas… Pero será en Mont-roig, un pequeño pueblo del Campo de Tarragona, donde durante sus estancias en los meses de verano en el Mas Miró ocurren muchos de los momentos decisivos en su evolución como artista. Mont-roig resulta crucial para la trayectoria artística y vital de Joan Miró, el lugar al que siempre regresa.

Conforman el paisaje, principalmente, olivos, algarrobos, pinos, almendros, higueras y viñedos, y son frecuentes los espacios de cultivo de cereal y espacios de huerta regados por el agua extraída de las norias y albercas de las masías. El pueblo se extiende desde las sierras de Colldejou y Llaberia hacia el mar, y Miró lo visita en sus paseos o haciendo footing.

Es en Mont-roig donde asimila los ciclos naturales y observa los insectos, los animales en plena naturaleza, las estrellas, las nubes, los efectos del sol y la luna, las gradaciones de la luz en el paisaje, la acción de la lluvia en la tierra rojiza. Convive con los campesinos, se impregna de su sabiduría, comparte comidas con ellos, escucha sus historias, observa cómo trabajan la tierra, cuáles son las herramientas que usan, los objetos que les rodean, el efecto de los ciclos naturales en su día a día. El entorno de Mont-roig y sus protagonistas contemplados con detalle estimulan en el artista una integración del paisaje que no solo capta formalmente, sino que se convierte en una fuerza creadora y despierta en Miró un sentimiento de pertenencia: «Es la tierra, la tierra: es más fuerte que yo. Las montañas fantásticas tienen un papel muy importante en mi vida, y el cielo también. […] es el choque de estas formas en mi espíritu, más que la visión en sí. En Mont-roig es la fuerza que me nutre, la fuerza»[1].

Detalle de «Mont-roig, la iglesia y el pueblo», Joan Miró, 1919. Fundació Joan Miró, Barcelona. Depósito de colección particular.

En verano de 1918, pinta del natural algunos paisajes que corresponden a espacios del entorno del Mas Miró: Huerto con asno, La rodera, La casa de la palmera y Tejería, en Mont-roig. Estas pinturas muestran un claro deseo de representar con gran detalle los elementos del paisaje: «El gozo de llegar a comprender en un paisaje una pequeña hierba —¿por qué despreciarla?—, hierba tan graciosa como un árbol o una montaña. Fuera de los primitivos y de los japoneses, casi todo el mundo lo deja, eso tan divino. Todo el mundo busca y pinta solo las grandes masas de árboles o montañas sin oír la música de hierbecillas y pequeñas flores y sin hacer ningún caso de las pequeñas piedras de un barranco —graciosamente—».[2] Expone aquí algunos de sus referentes: la pintura del Extremo Oriente y los «primitivos».[3]

Durante aquel verano y hasta el otoño de 1919, pinta otro paisaje «detallista»: Mont-roig, la iglesia y el pueblo, con el que concluirá esta serie de paisajes. A diferencia de los otros, el formato que emplea el artista es vertical y es esta orientación del paisaje lo que nos hace percibirlo de forma escalonada. En primer término, hallamos bancales labrados, parcelas cultivadas, cañas con tomateros. Vamos avanzando hacia el plano medio de la pintura, donde vemos el agua que mana de la acequia, en un espacio que queda delimitado por un margen de ladrillos, trazados minuciosamente, el cual encuadra un bancal en el que encontramos varios cultivos y vemos una figura humana cavando con una azada. Este espacio, ordenado con precisión, contrasta con el del plano superior, donde hay una masa de árboles y vegetación resplandecientes que se desbordan y nos llevan al estrato más alto, donde están representados en detalle la iglesia vieja y los demás edificios del pueblo, alineados.

El artista nos hace saber que ha ido superando satisfactoriamente escollos durante su proceso de creación: «He estudiado mucho, este verano; mis dos pinturas han sido cambiadas mil veces. Ahora apenas empieza a verse algo. Estoy contento de la tela del pueblo; después de mucho estudiar he ido viendo, gozo intensísimo, las maravillas de la luz, las desfocaciones de las que nos hablaba el gran precursor Cézanne. ¡¡Imagínate qué gran placer el de ir trabajando tiempo y tiempo y descubrir problemas nuevos!! No he despreciado nada de la realidad, convencido de que todo está contenido en ella. No hay nada anecdótico (ni sombras, ni contraluz, ni crepúsculos), lo que hay que hacer es pintarlo».[4]

«Mont-roig, la iglesia y el pueblo», 1919. Fundació Joan Miró, Barcelona. Depósito de colección particular.
Joaquim Gomis: Vista de Mont-roig del Camp, 1946-1950 © Joaquim Gomis. Hereus de Joaquim Gomis. Fundació Joan Miró, Barcelona.

En efecto, todo lo que aparece se encuentra en la realidad, ya que, si hoy mismo, cien años después, observamos este lugar de Mont-roig, aún son vigentes la mayor parte de los elementos formales representados en la pintura. Pero Joan Miró, con Mont-roig, la iglesia y el pueblo, va más allá de la representación del paisaje, nos hace partícipes de su experiencia y comprensión del paisaje, nos presenta Mont-roig: lo visible y lo tangible simultáneamente con lo invisible y lo intangible.

 


Notas:

[1] Miró, Joan. El color dels meus somnis. Converses amb Georges Raillard. Palma: Lleonard Muntaner, 2009, p. 33.
[2] Joan Miró a Josep Francesc Ràfols, carta autógrafa firmada, Mont-roig, 11 ag. 1918 (Barcelona: Biblioteca de Catalunya, ms. 3366/1, ff. 3-4).
[3] Primitivos entendidos como pintores del realismo gótico catalán. Balsach, M. J. Cosmogonies d’un món originari (1918-1936). Barcelona: Galàxia Gutenberg / Cercle de Lectors, 2007, p. 23.
[4] Joan Miró a Josep Francesc Ràfols, carta autógrafa firmada, Mont-roig, 21 ag. 1919 (Barcelona: Biblioteca de Catalunya, ms. 3366, ff. 10-11).

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