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Recuperamos un artículo que el crítico de arte Arnau Puig escribió para la Fundació Joan Miró hace unos años y que todavía resulta plenamente vigente. Es una mirada al cuerpo y al arte sin límites que nos conecta con el recorrido en clave queer por la Colección Joan Miró presentado recientemente.o

24_07_2021
Exposición Un cuerpo sin límites © Fundació Joan Miró. Foto: Pere Pratdesaba

Un cuerpo sin límites

Decía Miguel Ángel, siguiendo la teoría platónica, que el cuerpo emerge completo y definido, sin sombras ni deformaciones, hecho y construido desde las aguas del mar o desde las brumas del cielo. Él mismo se arrepentiría de tan ideal propuesta cuando, esculpiendo una de las piedades, observó que los cuerpos aparecían desfigurados, si bien más reales que nunca. Ahí residen dos conceptos, contrapuestos, de lo que es una representación del cuerpo humano: ¿debe el arte mostrarnos lo que no existe, o es su función presentar las formas pasionales que los cuerpos realmente ofrecen? (¿Quién no recuerda los gritos que el arte ha plasmado?) En este mundo en el que vivimos los cuerpos tienen las formas de nuestras pasiones, las formas amadas u odiadas, las que la rabia retuerce o las que el delirio afila. Modelan los cuerpos nuestras visceralidades apasionadas, y de acuerdo con nuestro prójimo. Ovidio, en las Metamorfosis, a su manera nos lo transmitió con todos los formalismos bien detallados.

Exposición Un cuerpo sin límites © Fundació Joan Miró. Foto: Pere Pratdesaba

En eso repararon los artistas, superados los encorsetantes idealismos que querían transmitir la falsa imagen de un cuerpo humano exento de pasiones. Las mitologías clásicas las habían transformado en cisnes, en toros, centauros, águilas o aves fénix; insólita y real manera de mostrar los ímpetus y los arrebatos de los sentimientos y de las emociones.
Los artistas del siglo XIX, y más aún los del XX, dejaron a un lado las irrealidades formales y empezaron a mostrarnos los cuerpos según su presencia real, esto es, psíquica y sentimental. Manet nos muestra la carne del cuerpo con el color que deseamos; Schiele, la repulsión y el atractivo de lo que sabemos que es el cuerpo real. Miró, por su parte, nos ofrece la impetuosa y, a la vez, pavorosa realidad material del acoplamiento amoroso de los cuerpos, con todas sus concavidades y prominencias. Igual como lo hiciera Picasso, desde el enardecido abrazo de la pasión o desde la sierra dentada de la boca devoradora de cuerpos. También Duchamp, identificando carne y sexo desde la pasión, nos deja en la desesperación de los anhelos insatisfechos de Étant donnés.

Exposición Un cuerpo sin límites © Fundació Joan Miró. Foto: Pere Pratdesaba

El cuerpo de la mujer es aquél que en el ámbito del arte de los tiempos modernos habría perdido toda objetividad, aunque, en revancha, el diseño la recuperase por alguna oscura eficacia lasciva antes camuflada y ahora claramente expuesta. Pero no es éste el cuerpo femenino que ha recuperado el arte contemporáneo, sino –así como el del hombre– el cuerpo construido por las mentiras, las insatisfacciones, las beldades y las prostituciones y las languideces, cuerpos cuyas formas carecen de límites porque se embozan en Bacon o se deshilachan y se aplanan tentacularmente en de Kooning, donde los colores pasan de la acritud a adquirir un aspecto dulcificado, de escaparate de joyería.
Y tampoco falta la beatífica presencia ingenua, plana y deshecha de Chagall, ni los destrozados despojos de Dubuffet. Ni los fragmentados, estrafalarios y enfermizos exvotos de Tàpies o las cadavéricas guiñolerías de Saura. Sin olvidar que el cuerpo es, también, el ente político inmoral y putrefacto que nos ha legado Dix.
La diáfana presencia corporal de la idea ha perdido los límites cuando el arte ha penetrado en la realidad del coraje y de la rabia de la vida. Las formas se han diluido en los colores de las pasiones y las líneas se han vuelto flechas que se ocultan en lo indefinido o se sumergen en el desastre desesperanzado. O las blandas carnes de Maillol se seccionan, en Moore, en pequeños montículos, afables pero inaccesibles.

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